La Guajira

Ciento veinte vagones repletos de carbón cruzan la Guajira en línea recta. Vienen de las minas de Albania y van al último recodo de la región, el puerto Bolvar, para ser íntegramente descargados en barcos. El destino final serán los EEUU y Europa, para alimentar sus centrales termoeléctricas y hacer reserva para enfrentar la crisis energética de los próximos años. Total, en la Guajira hoy ni hay agua para beber, mucho menos para calentar.

“Uno ya ni recuerda como era eso”, comenta un pescador del Cabo de la Vela ante la pregunta por la lluvia, sin que luego de tres años caiga gota alguna. La región atraviesa la crisis hídrica más grande de su historia y el pueblo Wayu la resiste a uñas y dientes en las rancherías del polvo, con poco y nada más que promesas vacías del capital y sus políticos de turno. En este desierto desolado entre el mar Caribe y el mar de las Antillas, solo las moscas parecen proliferar.

Para el gran capital el panorama es alentador: un vasto territorio acorralado por la sequía, sin ley para el librecambio. Las interconsultas con los pueblos originarios sobre el manejo de sus recursos se cumplen, solo que no se cumplen los tratados. A la población local nada le queda sino un tendido eléctrico que cambió el paisaje para nunca funcionar y alguna que otra planta desalinizadora de agua de dudoso rendimiento y arancelada. A cambio, las empresas comercian energía eólica y el oro negro de la mina.

Las fronteras no son cosa de indígenas. Los Wayú transitan por picadas talladas en el monte entre Colombia y Venezuela, ajenos a las rivalidades actuales entre países hermanos. Entre tanto, los ciento veinte vagones van bien vigilados por marines gringos, dejando solo polvo mineral y miseria a su paso.

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La Guajira Colombiana - Febrero 2016