Las Palmeras se torcieron

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Todo se hacía muy lento. El calor y la zozobra marcaban el paso y las escenas se sucedían con una parsimonia desconcertante. Quizás habría un horario de salida pero poco parecía importar. Compartiendo sombra, Miguel armaba y se terminaba cigarro tras cigarro. Por su parte Rosalinda – la administradora del bar – revisaba unos papeles ajados con cierto rostro de asombro. El perro, flaquísimo, devoraba el espinazo de un pescado que antes fue taco de alguno que pasó por ahí, descargó sus melones y luego siguió camino, sin más, de vuelta a la laguna. Gallinas cogotudas escudriñándolo todo, una carretilla agujereada, resaca de Muertos.

 

Lo demás acometió ligero. La súbita señal de zarpar para tajear la laguna a pura velocidad en sus verdes recovecos. Lejanas islas pasaban por los costados y en alguna curva quedaban. El arribo fue para montar un camión desalmado, que surcando cactus y arena, llegó al pueblo. “Las palmeras se torcieron”. Fue lo primero que pensó al ver la abundancia del mar. Ya no quedaban bordes, y un pelicano se estrelló contra el agua.

 

Con los días la magia y el cotidiano se hicieron una misma cosa. La pesca de la mañana no perdía su sabor y la picardía de los niños, lejos de desvanecerse con la novedad, se hacía más cómplice con la permanencia de aquel extraño.

 

Mantenerse informado no resultaba difícil en aquel pequeño pueblo lacustre. Un altavoz mandaba a hacer la frugal agenda comunal y rescataba a perdidos en noches de alcohol. El tiempo era su hamaca. Un vaivén indeciso, a veces furioso y determinante, otras veces imperceptible, como el movimiento de ese mar que lo tenía obsesionado. 

 

Los mediodías eran lisa y llanamente imposibles. Sentía como se le calcinaba cada neurona y declaraba su propio estado de sitio hasta el atardecer. Solo un coco bien frio parecía traerlo de vuelta. Si, todavía estaba en México. Ese país enorme y dispar, picante por donde se lo mire. Y claro, sabroso. Tendido en la playa pasaban fugaces las imágenes de una capital en falsa escuadra asediada por los terremotos. Una ciudad monumental hundiéndose en una laguna donde otrora se entrelazaron un águila y una serpiente. Comercio a ras del suelo en mercados abarrotados. Las flores y la carne, vestidos de novia y de muertos. La muerte por doquier, salpicada de burritos, narcos y rancheras. Porque la muerte murió hace tiempo y allá lejos los mexicas y los mayas y los zapotecas y los teotihuanacos lo supieron interpretar.

 

Se enamoró perdidamente de una negra que vendía fritanga en la playa. Voluptuosa y simpatiquísima, siempre andaba sonriente con su canasta adherida al cráneo, como extensión de sí misma. Africana por donde se la mirara, y se percató de que le faltaba un tramo de historia mexicana, sobre sus éxodos y migraciones. Lo cierto es que esa negra estaba ahí, en la costa pacífica y el la esperaba como el café de cada mañana. 

 

Durante días y noches se dedicó a vagar. Deambular cual espectro por un pueblo y cruzar en bote hacia el otro. Detenerse en las rocas y observar el metódico movimiento de los cangrejos, acechado por sombras de gaviotas en busca de su almuerzo. Sin demoras, el manglar se le presentó como un territorio en disputa. Ni dulce ni salado, insaciable. Albergando luminiscencias y denotando la indecible profundidad de su lecho arenoso. Un camino de barcos muertos y patios traseros lo condujo hacia él. Allí se sentía mejor, contenido entre redes de pesca, la abundancia de sus islas y el chillido constante de los pájaros. En su verde, encontró reparo del sol y de ese horizonte tan amplio como angustiante que le presentaba el mar. 

 

Tan acostumbrado estaba a la piel curtida de su río que la mera transparencia de esas tibias aguas del manglar  -y el agregado no menor de que por las noches se iluminaran con el movimiento- le parecía sobrenatural, sin más. Demasiado exagerado para ser real. Entonces el manglar se convirtió en su colchón. Ante el abrazante calor del mediodía, se internaba en bote por sus laberintos de raíces. Las ramas anhelaban nuevos rumbos, creando y cerrando recovecos por doquier. No se preocupaba por perderse, sabía que después de las once de la mañana el agua lo sacaría con la bajante, camino al mar.

 

Las sogas de la hamaca crepitaban más fuerte. Era hora de partir, dejar las islas, la laguna, el mar, y claro, a su café de cada mañana. 

Chacahua - Oaxaca (Mexico) - Noviembre 2018