Arquitectura de la creciente

Las penas son de nosotros

 

 

Algunos contamos la crecida peldaño a peldaño, que sigilosamente le gana a las escaleras. Otras, la cuentan con los últimos pastos que van quedando, mansa y fatalmente acorraladas sobre el terraplén… 

Para las y los isleños la creciente no es una catástrofe desconectada del cotidiano sino un mal negocio con el río que cada tanto toca.  Solo queda esperar a que baje, para volver a pisar firme, ponerle manos al trabajo pendiente y llenar un poco el bolsillo. Volver a empezar una y otra vez, pero nunca abandonar el hogar. Y es que cuando sale el sol, nuestro delta es otro cantar. 

Sin embargo no existe imagen más dantesca que la parsimonia del río creciendo sin retén. Persistente por tantos días, como la preocupación en los rostros cuando el nivel del agua dentro de las casas empieza a subir, y ya no se mide por metros sino por cada centímetro robado a la bota. Más aún cuando alcanza los picos de la nostalgia del delta, solo imaginables en la juguetona memoria de nuestros mayores y siempre pintados de fantasía. Queda ajustarse el cinturón y volver a la cacería nocturna de carpinchos que huyen al albardón, metiéndose con la canoa campo adentro, y sumarle kilos al cuerpo, hastiado del encierro a torta frita y mate. Hacer leña en equilibrio desde el pontón es una odisea necesaria para no dilapidarse de frio y para frenar siquiera un poquito la humedad antes que se meta por los huesos. Si hasta los perros parecen desencajados sin poder si quiera bajar a cagar en la tierra y se acovachan en penosos ladridos tiritando bajo la antesala de madera, mientras la broza y el camalotal se apoderan del patio. 

La problemática actual parece cada vez más alejarse del normal funcionamiento de este basto ecosistema y se acerca a una dinámica predatoria de coyuntura socio-económica. Acá el agua no peca, solo arrastra culpas. Culpa de Yacyretá, de la soja y el desmonte, del endicamiento forestal y agropecuario, de la desidia estatal, de la urbanización amurallada en el humedal, del cambio climático. Las arrastra pero no las lava, formándose un tapón indescifrable de responsabilidades apelmazadas que se diluyen con la primer tormenta. En todo caso, como siempre y más que nunca, “las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas.” 

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Delta del partido de Campana - Provincia de Buenos Aires, Argentina (Abril-Mayo 2016)